Los objetivos ocultos que rodean la detención de Lula da Silva

lula_si.jpg_916636689Analistas advierten que detrás de la operación efectuada hoy están los intereses de EE.UU. y las transnacionales por privatizar las riquezas naturales de Brasil así como la intención de desprestigiar al Partido de los Trabajadores (PT) de cara a las elecciones presidenciales de 2018.

El fin de semana el ex presidente de Brasil, Luis Inácio Lula da Silva, manifestó que si el Partido de los Trabajadores (PT) lo consideraba necesario él podría ser candidato para las elecciones presidenciales del 2018.

El lunes presentó por escrito su defensa ante la fiscalía de Sao Paulo por las acusaciones en su contra y se puso a la disposición del órgano para suministrar la información que fuese necesaria. Sin embargo, la Policía Federal lo detuvo hoy para llevarlo a rendir declaraciones.

Los analistas coinciden en que esta acción es parte del espectáculo al que está acostumbrado el juez que lleva el caso y que se busca desprestigiar la imagen del líder de Brasil así como la del PT de cara a las elecciones presidenciales del 2018.

El politólogo Juan Manuel Karg manifestó que la detención es una maniobra que tiene que ver más con los medios de comunicación y con una parte de la justicia brasileña que con la causa Lava Jato, porque hace 15 días cuando él iba a declarar y presentó un pedido para postergar su declaración y preparar mejores elementos para su defensa éste fue aceptado.

Luego se da el allanamiento a su residencia este viernes y la detención aún cuando él nunca se negó a declarar. En este sentido, Karg considera que esta acción es muy grave porque se detuvo al ex presidente del propio Gobierno que está en funciones lo que evidencia que hay una distancia entre el poder judicial y el Gobierno que, en otros casos, podría ser sana y natural.

Este ataque además va más allá de Brasil y es similar a los que se están dando en contra de la ex presidenta de Argentina, Cristina Fernández, de Evo Morales en Bolivia y de Nicolás Maduro en Venezuela, afirmó.  Por otra parte, tiene que ver con una noción de la fuerzas conservadoras de que Brasil es la primera economía de América del Sur y su política define mucho lo que sucede en otras latitudes del continente.

“Me parece que detrás de esta decisión también está la intención de dar un zarpazo final contra los gobierno posneoliberales tras la victoria de la derecha en Argentina, en la elección de medio término en Venezuela y en el referendo en Bolivia”, aseveró Karg.

Asimismo, indicó que este año se votarán alcaldías en Brasil y hay un trasfondo de erosionar aún mas al PT, que ha sido el partido mas vapuleado en la última década por los medios de comunicación.

“Van a intentar sacar a Lula de competición y si no lo logran van a mentir sobre él, van a erosionar su figura para tratar de llegar en mejores términos a la elección presidencial”, dijo.

Reiteró que su posible elección en 2018 abriría la posibilidad para un nuevo mandato de Cristina Fernández en Argentina y eso es lo que las fuerzas de oposición y la derecha internacional intenta evitar.

El show mediático antes que todo 

Por su parte, el analista Beto Almeida subrayó que esta medida es parte la espectacularización de la noticia y que incluso los medios de comunicación privados sabían de la detención antes de que ocurriera.

Además, señaló que tras esta medida también está el interés de diversos sectores del país y del mundo de privatizar las riquezas naturales de la nación.

Mencionó que no hay duda de que la Policía Federal tiene entrenamiento del Buró Federal de Investigación estadounidense (FBI) y que el Poder judicial actuó en conexión con los procuradores judiciales de Estados Unidos, por lo tanto está la posibilidad de que se esté montando un falso positivo en términos jurídicos.

Desde que salió a la luz pública el caso de corrupción en Petrobras, la oposición brasileña pretende vincular a la presidenta Dilma Rousseff y a los miembros del PT en este caso para solicitar su destitución.

A juicio del periodista y sociólogo brasileño Laurindo Leal, la derecha de su país está jugando todas sus cartas para sacar del poder al Partido de los Trabajadores (PT), debido al anuncio que hizo el exmandatario Luiz Inácio Lula da Silva de volver a lanzarse como candidato en las próximas elecciones.

La oposición implementa acciones como el querer vincular a Rousseff y a Da Silva en el caso de corrupción de Petrobras, pero sus acciones no han salido como lo esperaban. Así quedó demostrado luego de que la comisión parlamentaria brasileña, encargada de la investigación de corrupción en la petrolera estatal, eximiera a ambos líderes de toda responsabilidad en el caso al no encontrar pruebas en su contra.

Telesur

¿Por qué quieren vejar a Lula? 

Martin Granovsky

 776beb23-1ec5-11e5-9389-06aff80000bf.jpg_761238098Este contenido ha sido publicado originalmente por teleSUR bajo la siguiente dirección: 
 http://www.telesurtv.net/bloggers/Por-que-quieren-vejar-a-Lula-20160306-0003.html. Si piensa hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y coloque un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. www.teleSURtv.net

Periodista y licenciado en Historia. Columnista del diario Página/12 de la Argentina, conductor de Sostiene Granovsky por CN23 y coordinador de la TV del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, www.clacso.tv. También dirige el Núcleo de Estudios del Brasil de la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo y es profesor en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación de la Cancillería. En Twitter, @granovskymartin.

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 El discurso de Mauricio Macri, el martes 1º, elevó a niveles mágicos la palabra “relato”. El uso de la fuerza pública y la captura de Lula durante cuatro horas, el viernes 4, bajó las cosas a tierra: la política en Sudamérica se juega en el infierno de los ciclos económicos, las oscilaciones de la mirada popular, la capacidad de las fuerzas políticas para leer la correlación de fuerzas y tensar o distender según corresponda, la lucidez para cambiar y la chance de cambiar a tiempo. De ese infierno no se salva siquiera el tornero nordestino que después de 500 años de historia impulsó el ascenso social en masa de 40 millones de pobres, cumplió con su objetivo de tres comidas diarias para todo un pueblo y devolvió la autoestima a sectores relegados desde el esclavismo a vivir en la barraca de los explotados. Durante unos días dio la sensación de que la clave es cómo se cuentan las cosas. Si Macri no historiaba la herencia recibida como un pasado maldito, sostenían algunos de sus partidarios, no podría justificar el dólar a 16 (“de pánico”, diría Alfonso Prat-Gay) o la inflación del 40 por ciento. Perdería legitimidad. El análisis partía de considerar que existió y existe un relato mentiroso, el de Cristina, y que era preciso derrotarlo mediante la instalación de otro nuevo, sincero y cristalino. En el fondo hay una idea prepolítica. O antipolítica. La política sería una impostura y la pelea debería arrancarle la máscara. La realidad sería solo un reflejo del mundo de las palabras. La manipulación manda y los hechos le obedecen. Quien exponga la manipulación y revele sus mentiras vencerá. Así de fácil. Una franja cristinista de pensamiento básico cree que alcanza con mostrar que Macri se sacó la careta. ¿Vieron? Es, nomás, un neoliberal. Los macristas enamorados del propio relato encontraron su fórmula. ¿Vieron? Cristina era, nomás, una impostora que destruía el Estado y aumentaba la pobreza mientras decía lo contrario. A la vez asoma en el macrismo un sector más realista. “Si Brasil estornuda la Argentina corre peligro de neumonía”, dijo la canciller Susana Malcorra. No es que las narrativas, en política, sean inútiles. Al contrario. Son la explicación de lo que quiere un Presidente. Y, sin mentir, incluyen cierta exageración imprescindible. Pero la clave de su eficacia es, por un lado, la cercanía con la realidad y, por otro, la empatía con los anhelos sociales predominantes. La publicidad negativa sirve en elecciones, aunque tampoco es la carta ganadora. Para gobernar no alcanza. Néstor Kirchner no fue popular por su denuncia de los años 90 sino por las políticas de crecimiento del empleo o el cambio de la Corte, y por su narrativa de futuro: pasar del Infierno al Purgatorio. Con apoyo en la popularidad final de Néstor, del 70 por ciento, cuando solo habían transcurrido cuatro años de ciclo kirchnerista, el punto fuerte de Cristina Fernández de Kirchner en 2007 fue su promesa de continuidad. En 2011, Cristina era la presidenta que había evitado la destrucción de la Argentina en medio de la crisis iniciada en 2008. También la jefa de un espacio político que, como suele recordar el antropólogo Alejandro Grimson, abarcaba no solo a los nuevos kirchneristas sino a casi todos los peronistas, incluyendo a los representados por Hugo Moyano, Sergio Massa y José Manuel de la Sota, frente a opositores deshilvanados. Fue reelecta. Luego, ninguna narrativa posterior compensó el estancamiento económico, la inflación y la disgregación de la alianza social y política originaria. Más allá o más acá de su peligro real, ni los buitres ni Héctor Magnetto fueron percibidos a nivel popular como la causa de una economía empobrecida o el motivo superior de un combate en el que los argentinos debían dejar de lado sus objetivos módicos de mejora cotidiana. La candidatura de Scioli chocó, entre otras cosas, contra ese tono épico que no coincidía con los problemas del 2015, contra su propia gestión en la provincia de Buenos Aires, contra su escasa vocación de liderazgo y contra una alianza social más frágil. La política a veces es como los autos viejos. El castigado Renault 12 con 30 años a cuestas le sirve a un remisero para changas de barrio. Si lo llevase en expedición de Buenos Aires a Purmamarca le aparecerían una a una todas sus debilidades. Es que todo, siempre, no se puede. Si la economía no crece, si decrece o si crece poco. Si eso pasa después de diez años de la misma fuerza política en el gobierno. Si esa fuerza no sabe, no puede o no quiere reciclarse. Si se da todo junto, adiós futuro. Si los conservadores tienen éxito en partir la sociedad y, en lugar de esquivar la encerrona, los progresistas la aceptan gustosos o la alientan, o no pueden derrotarla, chau porvenir. Sucede lo mismo con la corrupción. Está mal en sí misma. La financiación ilegal de la política está mal. Ponerse plata pública en el bolsillo propio está mal. Pero, además del deber ser, todo empeora si antes se redujo el margen maniobra por efecto de la crisis económica. No está escrito en ningún lado que los nuevos gobiernos conservadores, como el argentino, queden exentos de esta ecuación. Hasta los gobiernos de Bolivia y Uruguay, los menos cuestionados por asuntos de corrupción en Sudamérica, sufren hoy un desgaste por las relaciones de Evo con una ex mujer y la supuesta aparición de un hijo, y por el descubrimiento de presuntas irregularidades en el curriculum del vicepresidente uruguayo Raúl Sendic. En un trabajo notable publicado en diciembre de 2015 en la revista brasileña Piauí, “El lulismo contra las cuerdas”, pronosticaba André Singer, ex vocero de Lula: “Desde una perspectiva popular, la asociación intuitiva entre el desvío del dinero público y la caída en el ritmo de actividad económica puede generar un efecto devastador en las urnas en 2016 y 2018”. Este año Brasil tendrá elecciones municipales. Previsiblemente perderá en la principal ciudad, San Pablo, donde hoy el intendente Fernando Haddad es del PT. En octubre de 2018 se celebrarán los comicios presidenciales. ¿Lula es un blanco móvil porque así lo resolvió Washington? Si no Washington, ¿un sector de la inteligencia estadounidense? ¿La Casa Blanca decidió que es hora de terminar con la era iniciada entre 1999 y 2007 por Hugo Chávez (1999), Lula (2003), Néstor Kirchner (2003), Tabaré Vázquez (2005), Evo Morales (2006), Michelle Bachelet (2006) y Rafael Correa (2007)? ¿Tiene origen en los Estados Unidos el copyright de un método que se basa en el desarrollo de un Poder Judicial convertido en facción, la articulación de ese judiciario con los grandes medios y el estímulo del núcleo de las finanzas internacionales y las elites domésticas porque de ese modo suponen que cortarán de raíz cualquier atisbo de renacimiento popular? Las preguntas pueden ser lícitas. Pero ni la teoría conspirativa ni el registro de una conspiración verdadera responderán otra pregunta: ¿por qué un plan de ese tipo tendría éxito ahora si no lo tuvo antes fuera de países pequeños como Paraguay y Honduras? En el paper mencionado Singer prefirió otro método de trabajo. Describió el proceso general iniciado en 2003, mostró las insuficiencias y la mala praxis y enlazó momento a momento la política y la economía. Singer compara el comienzo de Lula con el inicio de un ciclo de Estado de bienestar, pleno empleo y aumentos salariales al estilo del que arrancó en los Estados Unidos con Franklin Delano Roosevelt en 1933 y duró por lo menos 30 años. Para Singer, el lulismo es un ciclo de reforma en grageas y por acumulación que, por eso mismo, precisa un horizonte de décadas por delante. El 31 de diciembre de 2010 Lula dejó su segundo mandato con 80 por ciento de aprobación, 7,5 por ciento de crecimiento, 5,3 por ciento de desempleo y un salario mínimo 54 por ciento mayor al de su primer día de gobierno. Enormes masas de brasileños accedieron por primera vez a la casa propia, al auto, al dentista, al viaje en avión y al diploma universitario. En su primer mandato Dilma Rousseff amplió los planes sociales, redujo la tasa de interés y logró terminar el gobierno con un salario mínimo valorizado en un 72 por ciento respecto del 31 de diciembre de 2002, último día de gobierno de Fernando Henrique Cardoso. Aunque en pelea dura, ganó su reelección en octubre de 2014. Pero días después anunció que entregaría el Ministerio de Hacienda de su segundo mandato a Joaquim Levy, un austericida empleado del sector financiero. Escribe Singer que así el lulismo se convirtió en un boxeador que pierde sus defensas. La Dilma Uno, según Singer, dispuso medidas audaces pero que, según Singer, necesitaban de un crecimiento del 5 por ciento para ser sustentables cuando el mundo ya afrontaba la crisis financiera de 2011 y propugnaba otra vez el neoliberalismo como salida global. Su entonces ministro Guido Mantega desafió a los bancos y reformó el sistema eléctrico con subsidios para la industria. La reacción contra Dilma y Mantega fue violenta en la prensa, en los empresarios transnacionales que antes celebraban el milagro brasileño, en los bancos y, paradójicamente o no, entre los grandes empresarios industriales paulistas. La Dilma Bis no hizo una corrección suave sino que pegó el volantazo. Levy y el giro económico bruscamente regresivo le hicieron perder el apoyo propio y la legitimidad para enfrentar los problemas políticos, que además, según Singer, quiso atacar “en tono jacobino y comprándose muchas peleas al mismo tiempo”. En 2015 el PBI cayó un 3 por ciento, decreció el salario real, la inflación llegó al 10 por ciento. La base del PT quedó paralizada. En esas condiciones el juez Sergio Moro, el mismo que el viernes ordenó detener a Lula, avanzó con la Operación Lava Jato con la ilusión de convertirse en la réplica brasileña del Mani Pulite de los fiscales italianos. Un Manos Limpias que, dicho sea de paso, tras derruir al viejo sistema de prebendas y coimas en la obra pública fulminó a los dirigentes políticos tradicionales pero abrió el camino a la era de Silvio Berlusconi. Envalentonado por el humor callejero, que pasa del individualismo a posturas cada vez más conservadoras, Moro refuerza su estrategia: imponer largas prisiones preventivas para favorecer la “delación premiada” de los reos (como quiere Macri en la Argentina) y realizar operativos espectaculares usando fiscales de una fuerza de tareas especial y ayudado por una Policía Federal cuyo aparato de inteligencia el PT nunca había desmantelado. Singer escribía en su artículo de diciembre de 2015 que en caso de juicio político exitoso la interrupción del mandato de Dilma podría generar un efecto de catarsis. Y que ese efecto, combinado con una derrota electoral grave en 2016, produciría en el lulismo el doble estigma de quedar convertido en responsable de la crisis económica y culpable de connivencia con la corrupción. Es lo que está en juego. Es lo que quiere evitar Lula cuando promete que a sus 70 años dará batalla con más fuerza que un tipo de 30.

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